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Chapter 2 of 7

LA NIÑA QUE NO DEBÍA ESTAR ALLÍ

EL AIRE VUELVE — Chapter 2 - LA NIÑA QUE NO DEBÍA ESTAR ALLÍ

El médico del hospital utilizó la expresión “episodio respiratorio severo” y le explicó a Leandro que había tenido suerte.

El inhalador había ayudado.

La atención médica posterior había hecho el resto.

Leandro escuchó todo en silencio.

Tomás estaba sentado cerca de la ventana de la habitación privada respondiendo mensajes.

A los cuarenta y dos años, su hijo había perfeccionado la capacidad de parecer tranquilo mientras manejaba una crisis.

—La prensa ya sabe que estás estable —dijo cuando el médico salió—. Vamos a emitir algo corto. Sin detalles.

Leandro miró el inhalador sobre la mesa.

Lo habían colocado dentro de una bolsa transparente junto con sus pertenencias.

—¿Dónde está la niña?

Tomás levantó la vista.

—¿Qué?

—Inés.

—Está bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Pregunté.

—¿Y su madre?

—También.

Leandro esperó.

Tomás volvió al teléfono.

—Quiero verla.

—Papá, son casi las dos de la mañana.

—Mañana.

—Podemos encargarnos.

Otra vez.

Leandro señaló el teléfono de su hijo.

—Déjalo.

Tomás dejó de escribir.

—Quiero saber quién es —dijo Leandro.

—La madre trabaja en uno de los hoteles. Marina Córdova. Operaciones de banquetes. La llamaron para cubrir el evento.

—¿Y la niña?

—Su hija.

—Eso ya lo sé.

Tomás suspiró.

—¿Qué quieres saber?

—Por qué una niña de seis años estaba caminando en pijama por mi casa durante una gala.

Tomás tardó demasiado en responder.

Fue apenas un segundo.

Leandro lo conocía desde el día en que nació.

Un segundo era suficiente.

—Al parecer tuvo un problema con quién la cuidaba.

—¿Al parecer?

—La trajo.

—¿Los empleados pueden traer a sus hijos a los eventos?

—No.

—Entonces, ¿por qué estaba allí?

—Papá.

—Tomás.

Su hijo apoyó ambas manos sobre las rodillas.

—Marina tenía turno. Supongo que no quiso perderlo. La niña estaba en una habitación de servicio, lejos del evento. Salió.

—¿Una habitación de servicio?

—No estaba encerrada.

—No pregunté eso.

Tomás se levantó.

—Casi te mueres y quieres convertir esto en una investigación laboral.

Leandro miró otra vez la bolsa.

Un inhalador infantil.

Un conejo de tela.

Un pijama de estrellas.

Doscientas personas a pocos metros.

—La madre me tenía miedo.

—Trabaja para nosotros. Eres Leandro Vela. La gente se pone nerviosa.

—No era nerviosismo.

Tomás se acercó a la cama.

—¿Qué quieres que haga?

—Averigua por qué estaba allí.

—Ya te lo dije.

—Me dijiste lo suficiente para que deje de preguntar.

Tomás cerró la boca.

Leandro conocía esa expresión porque también era suya.

La misma mandíbula.

La misma manera de tensar los labios cuando alguien se negaba a aceptar una respuesta conveniente.

—Y quiero devolverle esto personalmente.

Señaló el inhalador.

Tomás volvió a sentarse.

—Eso sí podemos convertirlo en algo positivo.

Leandro frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Nada terrible. Una foto. Tú y la niña. Agradecimiento. Su historia es increíble y encaja perfectamente con el anuncio de la clínica infantil.

Por primera vez desde que había despertado en el hospital, Leandro sintió algo más fuerte que el agotamiento.

—No.

—Ni siquiera he terminado.

—No.

—Ella te salvó durante una gala para una clínica respiratoria, papá. La historia se va a conocer de todas maneras.

—Entonces deja que se conozca sin convertirla en publicidad.

Tomás guardó silencio.

—Quiero hablar con Marina —continuó Leandro—. Sin cámaras. Sin comunicaciones. Sin abogados.

—Eso último no te lo recomiendo.

—No te pedí que me lo recomendaras.

Tomás se puso de pie.

—Descansa.

Cuando llegó a la puerta, Leandro habló otra vez.

—Tomás.

Su hijo se detuvo.

—¿Quién canceló el programa de cuidado de emergencia para empleados?

Esta vez el silencio duró más.

Leandro había recordado algo.

Dos años antes, después de varias quejas por ausentismo durante cierres escolares y emergencias familiares, Recursos Humanos había creado un pequeño programa piloto en tres hoteles de la ciudad.

Nada sofisticado.

Apoyo temporal para cuidado infantil cuando empleados con hijos eran llamados a cubrir turnos extraordinarios.

Leandro recordaba haber visto una presentación.

Recordaba incluso haberla aprobado.

—No sé si sigue funcionando —dijo Tomás.

—Eso pregunté.

Tomás abrió la puerta.

—Mañana hablamos.

La puerta se cerró.

Leandro tomó la bolsa transparente.

En el inhalador había una pequeña etiqueta.

INÉS CÓRDOVA.

Debajo, escrito con marcador morado, alguien había dibujado una estrella.

Leandro pensó en la niña devolviéndole el aire en el piso de mármol.

Después pensó en su madre tratando de sacarla de la casa como si hubiera cometido un delito.

Por primera vez en muchos años, una pregunta de negocios no le pareció abstracta.

¿Por qué Inés había tenido que estar allí?

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